ACTO III
ESCENA 5
Isabel y Mauricio.
MAURICIO: ¿Qué mosquitos?
ISABEL: Unos que he tenido que inventar. Esta mañana Genoveva te encontró durmiendo en la habitación de huéspedes.
MAURICIO: ¡Tenía que ser! El único día que se me olvido echar la llave.
ISABEL: No te preocupes, que ya esta arreglado.
MAURICIO: ¿Seguro? ¿No habrá sospechado nada?
ISABEL: Nada. A tu lado se aprende a mentir con tanta naturalidad.
MAURICIO: Es una manera muy delicada de llamarme embustero.
ISABEL: Imaginativo. Era un elogio profesional.
MAURICIO: Supongo que habrá pasado un mal rato de nervios. Como siempre
ISABEL: A todo se acostumbra una.
MAURICIO: Afortunada mente ya queda poco. Tengo una gran noticia para ti
ISABEL: Menos mal.
MAURICIO: Mañana temprano recibiremos un cable del Canadá, y por la tarde dos pasajes de avión
ISABEL (se estremece): ¡No...! ¿Quieres decir que nos vamos ya?
MAURICIO: Si te parece poco. Se acabaron los sobresaltos y esa especie de remordimiento que no te dejaba dormir. Ahora, la última velada familiar, una despedida llena de promesas... ¿y al aire libre otra vez! Misión cumplida. ¿No está contenta?
ISABEL: Mucho... muy contenta.
MAURICIO: Con esa cara nadie lo diría.
ISABEL: Asó, de pronto, duele un poco.
MAURICIO: No pensarías que íbamos a quedarnos toda la vida. Tú misma me has dicho muchas veces que era una farsa cruel, superior a tus fuerzas.
ISABEL: Así era a el principio. Sólo yo sé lo que me costó entrar en esto; veremos ahora lo que me cuesta salir, ¿Mañana?
MAURICIO: Mañana.
ISABEL: ¿No podrías esperar un poco más, un día siquiera?
MAURICIO: ¿Para qué? Todo lo que podía hacerse por esa mujer está hecho ya
ISABEL: No es por ella, Mauricio; es por mí. Necesito acostumbrarme a la idea.
MAURICIO: Cada vez te entiendo menos. Te he dado para empezar uno de los trabajos más difíciles; lo has hecho con una naturalidad pasmosa, como una recién casada feliz de verdad. Y ahora, cuando ya está cayendo el telón ¿vas a temblar otra vez?
ISABEL: No sé... Me da miedo eso que tú llamarías la gran escena final.
MAURICIO: ¿La despedida? Es la más fácil de todas: un pequeño temblor al hacer los baúles, largas miradas a la casa como si fueras acariciando uno por uno todos los rincones... Ni siquiera es necesario hablar. De vez en cuando dejar caer algo de las manos, así como sin querer: una cosa que cae en silencio tiene más emoción que una palabra. ¿Por qué me miras así?
ISABEL: Te admiro
MAURICIO: ¿Ironías otra vez?
ISABEL: Sin ironías: te admiro de verdad: Es asombrosa esa manera que tenéis los soñadores de no ver claro más lo que que está lejos. Díme, Mauricio, ¿de qué color son los ojos de la Gioconda?
MAURICIO: Aceituna oscura
ISABEL: ¿De que color son los ojos de las sirenas?
MAURICIO: Verde mar
ISABEL: ¿De que color son los mios?
MAURICIO: ¿Los tuyos...? (Duda. Se acerca a mirar. Ella entorna los párpados. Sonríe desconcertado) No lo tomes a mal. Parecerá una desatención, pero te juro, que en este momento tampoco podría decirte como son los míos
ISABEL: Pardos, tirando a avellana. Con una chispa de oro cuando te ríes. Con una niebla gris cuando hablas y estás pensando en otra cosa.
MAURICIO: Perdona
ISABEL: De nada. (Sonríe, dominándose) Y si mañana, al hacer los baúles, se me resbala algo de entre las manos, "así como sin querer", pierde cuidado que no será la emoción; sólo será porqué he tenido un buen maestro. Gracias, Mauricio.
(Sale de jardín. Ha ido oscureciendo. Fuera, las sombras largas de la tarde. Mauricio enciende pensativo un cigarro. Se oye la campañilla de la calle, y a poco la Doncella cruza a abrir. El señor Balboa viene de sus habitaciones, con un libro en la mano)
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